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PARAÍSOS DE SAL

19-02-2016

Casi en la frontera con Chile, un pequeño cartel da la bienvenida al pueblo de Catua. En la entrada el arroyo congelado vuelve a su curso, ninguna otra cosa suena alrededor y el agua corre: la Puna es desoladora y vertiginosa. Cuarenta minutos hacia adentro por camino de ripio, allí donde el silencio desencaja, el servicio de luz se fracciona y no existe el transporte público ni las cloacas, allí donde los pozos ciegos no dan abasto pero el aire es puro; allí viven los catueños.

 

Santa Fermina Nieva tiene 49 años y está en su casa de adobe, al pie de un cerro. Dos sogas con broches de colores cruzan de un lado al otro el patio de su casa y al mediodía el sol pica de lleno en cada rincón; ella lo afrenta con un sombrero gris sujeto al cuello por una cinta negra. El último telar que se compró en Salta está apoyado como una escoba sobre la pared vecina, es el más alto de todos. Para poder usarlo necesitará preparar la lana que saca de sus llamas, hilarla y comprar más lana.

 

A Santa nadie le enseñó a tejer, aprendió sola, “aprendí pensando”, dice. Se dedica a la cría de llamas y cabras, y es socia de la cooperativa desde los tiempos en los que la actividad artesanal era prioridad. Tejían chales, alfombras, bufandas y mantas, pero ya no. Ahora vende gorros y ropa para los niños de la comunidad que hace con telares medianos y agujas de crochet.

 

“Lo próximo que me gustaría comprar es una máquina para hilar, más grande, para hacer colchas y mantas, esta tiene ocho años”; Santa Fermina señala el aparato detrás suyo, no supera el tamaño de un triciclo, de hierros finísimos y oxidados. Se sienta en un banco y mece su zapatilla en el pedal. Este tipo de máquinas se consiguen en San Antonio de los Cobres (a dos horas de Catua) y el precio ronda, según la artesana, entre los quinientos o seiscientos pesos, un número importante después de haber utilizado el dinero del crédito para telar, pero su próxima inversión.


Por Daniela Hourcade